Columna Diario de Centroamérica 12 de enero de 2018

Las maras: eterno problema

Hay que rescatar a nuestros niños de las garras de las maras.

Ese fenómeno delincuencial se ha convertido en la peor enfermedad que nos azota y que en su avance mortal enrola a nuestra niñez y juventud, sin manifestar una pizca de compasión. La psicosis colectiva de desesperación, miedo, horror y zozobra que siembran esas organizaciones criminales a su paso por las calles del territorio nacional con los asesinatos, las extorsiones y los hechos de sicariato que a diario cometen no tiene parangón.

Hay que rescatar a nuestros niños de las garras de las maras. En tal sentido, es preciso tomar conciencia de que esas estructuras delincuenciales se forman circunstancialmente, es decir que sus integrantes llegan a pertenecer a esas bandas por falta de oportunidades, pobreza, violencia intrafamiliar, desintegración familiar, abuso sexual, uso de drogas y alcohol y un largo etcétera. Debe brindársele protección a la población infantil y juvenil vulnerable al mal del siglo que paulatinamente se expande y se adueña del recurso más preciado con el que cuenta el futuro de la nación. Vale recordar que el término mara tiene su origen en el nombre de las hormigas brasileñas denominado marabunta, quienes en su andar destruyen lo que encuentren en su camino. Toda vez que los objetivos de esos grupos generadores de terror están asociados a la expansión, la territorialidad, la criminalidad y a imponer su poderío sobre cualquier pandilla rival, sin importar si afectan a gente honrada y trabajadora en su intento. No hay que perder de vista que en la actualidad las maras suman integrantes desde edades muy tempranas a quienes todavía siendo niños utilizan para sus múltiples actividades delictivas que mantienen en estado de shock a la ciudadanía.

Las pandillas son un serio dolor de cabeza para el Estado y para las fuerzas de seguridad, pues el hecho de enganchar a la niñez y a la juventud en sus macabros planes hace más difícil enfrentarlas y contenerlas. Ello obliga a precisar políticas públicas en el contexto nacional que permitan generar oportunidades para que los infantes que estén en riesgo de involucrarse en esas organizaciones no caigan en los garfios del crimen, además de extremar medidas de urgencia para la implementación y la consolidación de un sistema carcelario que se ajuste a la realidad de ese fenómeno delincuencial, en el cual la población reclusa no tenga la ocasión de operar desde su centro correccional.

Las nuevas autoridades del Ministerio de Gobernación, se enfocan en la prevención del delito, la seguridad ciudadana, empresarial e internacional, para detener ese flagelo que tiene de rodillas a la sociedad y tratar de frenar a esas clicas. Es aquí donde se necesita un sólido sistema de justicia que no le tiemble la mano al imponer sentencias de conformidad con el debido proceso, así como el absoluto respaldo de la población para someter a esos parásitos sociales al imperio de la ley y recuperar la paz social, el bien común y salvaguardar a la niñez. En consecuencia, tipificar a las pandillas como grupos terroristas no es una idea tan descabellada por la forma sanguinaria de actuar.

FERNANDO LUCERO

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